Para llegar a entender al entrenador cuando grita debemos pararnos a pensar en que la relación entrenador-jugador no se circunscribe al partido, afortunadamente. Debemos tener presente que la comunicación entre ellos se mantiene de Lunes a Domingo, en diferentes ambientes de aprendizaje, compartiendo momentos de conocimiento, compañía, desafíos, confianza... crecimiento deportivo y personal por ambas partes. Vivencias que únicamente experimentan al 100% entrenador y jugador, cargadas hasta la bandera de diversas emociones que nos brinda el deporte. Y son esas emociones compartidas durante la semana, las que nos permite contextualizar ese grito o condenarlo.
Actualmente, una de las críticas más comunes hacia los entrenadores de formación es el uso del grito para "comunicarse" con sus jugadores mientras dirige un partido. Por desgracia, hay muchos entrenadores que son arrollados por el descontrol emocional y no son conscientes de lo que proyectan con los mensajes que salen de su boca (mucha frustración, poca educación). Sin embargo, también los hay que utilizan el grito con un arte que las familias y espectadores no siempre sabemos interpretar, y nos agarramos a ello para excusar el bajo rendimiento deportivo de nuestro hijo o equipo en un momento determinado.
En ocasiones es difícil leer desde la grada que lo se esconde detrás de ese grito es conseguir la activación necesaria, "empujarle" a un esfuerzo más, alertarle o incluso acompañarle ante la dificultad. Es este tipo de grito, el controlado, el que sí que ayuda, el que se pretende defender en este artículo, sin caer en la tentación de confundirlo con los que exponen al jugador a una humillación pública.
Cuando somos espectadores, familiares o no de los protagonistas, siempre vamos a opinar desde una situación de desventaja. La información con la que contamos está sesgada, por mucho que nos describa nuestro hijo/a lo que ha sucedido, cómo ha entrenado, lo que le han dicho... No vemos todo lo que sucede en la pista de entrenamiento, no experimentamos lo que ocurre en el vestuario del equipo, ni estamos presentes cuando el entrenador analiza tranquilamente con sus jugadores los aciertos/errores al día siguiente. Cuando somos espectadores, nos atrevemos a juzgar al entrenador viendo apenas un 15% de su trabajo semanal, para bien o para mal. Ahora bien, teniendo en cuenta que nunca vamos a contar con toda esa información, ¿cómo podemos valorar la comunicación entrenador-jugadores como eficaz o abusiva? ¿Qué hay detrás de esos gritos? ¿Qué situaciones los provocan?
Pensando en esto, me vienen a la cabeza excelentes entrenadores en formación, que gritan sin ser gritones, que no gritan siempre pero utilizan el grito como recurso, que saben cuándo y cómo gritar. Utilizan el grito como herramienta y lo dominan en la mayoría de las ocasiones... Y si en alguna ocasión no es así, son capaces de reconducirlodurante los días siguientes. Lamentablemente, esa reconducción no la viven los espectadores, ni los papás y mamás. Tampoco los jugadores suelen ir corriendo a casa a contar que el entrenador ha reconocido que no tomó la mejor decisión en el tiempo muerto, o que les ha felicitado antes de empezar, por seguir intentándolo a pesar del resultado. A veces ni siquiera se dan cuenta de esos detalles, sin mala intención; otras, por comodidad, se refugian en seguir transmitiendo que el entrenador no confía en ellos, excusa perfecta para justificar ante sus padres un rendimiento por debajo de sus posibilidades. El entrenador se queda con la etiqueta de ponerle nervioso y de minar su confianza. Y nosotros aumentamos la inseguridad de nuestros niños y jóvenes, sobre-protegiéndoles y contagiando esa "manía" que tenemos los seres humanos de echar balones fuera.
Los espectadores no opinan sobre las conversaciones y gestos donde los jugadores comentan sus propios errores, reconocen su falta de intensidad o se disculpan con sus compañeros por entrenar andando. No opinan sobre ello porque esto sucede donde tienen lugar la mayoría de detalles que hacen tan interesante esto del deporte de competición: de lunes a viernes, en la pista de entrenamiento. Ese lugar donde los verdaderos protagonistas de toda esta historia se miran a los ojos y siguen compartiendo emociones, aprendiendo el uno del otro.
PD: Queridos papás y mamás, si pensáis que el entrenador/a de vuestro hijo no está educándole, que su metodología es humillante y contraproducente, cambiadle de lugar, no perdáis tiempo. Desgraciadamente esto pasa en algunos clubes deportivos. Ahora bien, si no tomáis esta decisión, no caigáis en el error de criticarle. No seáis ventajistas. Confiar antes de destruir. Preguntad antes de suponer.Y sobre todo, enseñad a vuestros hijos a aprender en condiciones adversas. En situaciones favorables, necesitarán menos ayuda.

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