miércoles, 21 de mayo de 2014

Control emocional para manejar el tiempo de partido


Queremos que los jugadores jueguen concentrados, que no protesten, que no discutan las decisiones del entrenador, que no se distraigan con las chicas de la grada, que no olviden los sistemas de juego y que, sobre todo, rindan al 100% en cada acción del partido. 

Parece ser que se está empezando a confiar en la preparación psicológica del jugador como un plus del entrenamiento pero, ¿tiene en cuenta esta disposición mental el entrenador sobre su propia actuación? 


A lo largo del partido, tanto jugadores como entrenador van experimentando un intenso viaje por el mundo de las emociones: euforia, enfado, miedo, confianza,  ambición, responsabilidad,  inseguridad,  frustración, relajación… Cada acción y reacción ejecutada va acompañada por una emoción particular con cada individuo.

Si se da por hecho (erróneamente) que los jugadores deben ser capaces de afrontar  de una forma eficaz este gran vaivén emocional, el entrenador debe ser el primero que sea consciente de que a él también le afectan las emociones conforme va avanzando el partido y debe estar preparado para ello porque su rendimiento con el equipo también estará supeditado al autocontrol emocional que muestre.

Como sujeto humano que somos no podemos evitar sentir las emociones que nos llegan en cada momento y además,  tampoco debemos ir en contra de ellas. Lo que sí debemos hacer es  aprender a canalizarlas y controlarlas. Tanto la euforia desmedida como un enfado exagerado pueden sacarnos del partido durante unos minutos en los que se estará dejando de ver la realidad objetiva de lo que está pasando e incluso, en algunas ocasiones, puede hacer cambiar el rumbo del partido sin que sea el entrenador el que esté controlando ese cambio. No se trata de no mostrar emociones sino de mostrar aquellas que nos interesen en cada  momento y además se muestren bajo nuestro control.

CANALIZAR LAS EMOCIONES. En un momento determinado es posible que interese mostrar enfado con el equipo para provocar una reacción en los jugadores. Hasta ahí, bien. La eficacia de este enfado se obtendrá en función de que ese enfado esté controlado por el entrenador y se esté usando como estrategia:  

Sé por qué y para qué voy a mostrar enfado.
Lo tengo planeado y sé lo que voy a decir.
He dicho lo que quería decir. Lo he controlado.

Algo totalmente diferente y erróneo sería dejarse llevar por el calentón del momento y mostrar malas formas y palabras provocadas por un enfado espontáneo y desmedido:

Mis jugadores no hacen lo que les digo.
Ya estoy harto, se van a enterar…
Pierdo las formas y lanzo mensajes hirientes y desproporcionados.
¿He dicho lo que quería decir? No lo he controlado.

Otra situación habitual muy  peligrosa puede ocurrir cuando la actuación del equipo está siendo mejor de lo esperado y la euforia momentánea sube por las nubes al equipo cuando todavía queda partido por delante. Quizás el corazón pide dejarse llevar por la alegría tras el esfuerzo realizado hasta ahora. Ahí debe entrar en juego la mente para poner los pies en la tierra y no perder la perspectiva del partido.

Especialmente importante es cuando el equipo está decaído y necesitan una dosis de energía desde el banquillo que les active. No bastará solo con teoría.

Cuidado con el cabreo contra el árbitro que es capaz de sacar tan rápido del partido a un entrenador. Si aparece la sensación de impotencia que provoca pensar que se está siendo maltratado injustamente las consecuencias negativas pueden ser irremediables.

CONTAGIAR LAS EMOCIONES. La excusa "yo soy el entrenador y sé lo que hago" no engaña durante mucho tiempo ni al equipo ni al público. El entrenador dirige a sus jugadores tácticamente pero también les contagia sus emociones y estado de ánimo. Y esto, además, no solo lo hace con sus palabras, sino también con sus gestos y postura corporal.

El jugador busca un refuerzo de su entrenador constantemente; espera su felicitación o su corrección, la busca con su mirada. En ese momento, el entrenador debe cuidar que una cara “no controlada” o la ausencia de un gesto de aprobación envíen un mensaje erróneo al jugador y le hagan sentir una emoción no apropiada para ese momento. ¡Cuidado! Que esto pasa en numerosas ocasiones sin que el entrenador sea consciente de ello…

Haciendo autocrítica, el entrenador podrá analizar cómo se escapan puntos e incluso partidos por no haber sabido controlar estas situaciones. Y decimos que los jugadores se han venido abajo o que se han confiado demasiado. O justificamos que han entrado en el juego de los árbitros, cuando no se ha dejado de protestar desde el banquillo… 

ENTRENAR LAS EMOCIONES. ¿El protestón nace o se hace? Se hace y puede deshacerse entrenando:

1) Situación / Estímulos precedentes
  •    Observarse y pensar en qué momentos se pierde el control en la dirección de un partido. 
  •    Analizar qué es lo que se siente justo antes de perder el control.
  •    Identificar qué señales pueden ayudar a darse cuenta de que uno está a punto de dejarse llevar. 


2) Conducta
  •    Describir qué es lo que se hace y se dice en ese momento (mensajes, gestos, actitudes…).


3) Consecuencias / Resultado
  •   Anotar cuál ha sido el efecto provocado en el equipo con la reacción, tanto en partido como en posibles entrenos.





Si las consecuencias no han sido las deseadas o crees que pueden mejorarse, es el momento de ponerse a trabajar en ello. ¡Ánimo!


2 comentarios:

  1. Hola Ana,

    Ciertamente un post interesante. Lo que yo me cuestiono es...¿la reacción del equipo ante un estímulo es siempre el mismo? Porque yo diría que no (basado en simples sensaciones, no en teoría he de decir). Es decir, ante un grito, hay veces que el equipo responde y reacciona de manera positiva, y otras que no. Por eso creo que la actuación del entrenador debería estar en constante alerta, poseer un amplio abanico de recursos que en función de circunstancias (trascendencia del partido, rival, nivel de juego mostrado por el equipo, errores, y cientos de etcéteras) pudiera usar. Porque lo que hoy funciona, tal vez mañana no. Sea a nivel individual o colectivo. ¿Puede ser?
    Un saludo y felicidades por estos primeros pasos de algo seguro grande!

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  2. Qué tal, Oli, gracias por atreverte a opinar ;) Como bien dices, ningún estímulo nos asegura una determinada reacción del equipo y menos aún de todos los jugadores. Cuanto más recursos tengas para utilizar ante las posibles dificultades que puedan aparecer, es posible que puedas pensar que estás mejor preparada pero lo que más va a ayudarte a elegir qué estímulo presentar es el conocimiento de tu grupo de jugadores y sus reacciones ante situaciones parecidas. Además, si el grupo está cohesionado, puedes llegar a conseguir que un jugador, que a priori no respondería de la forma apropiada, lo haga contagiándose de la fuerza del equipo. ¿Y cómo conocemos mejor a nuestros jugadores? Hablando con ellos y observando primer paso. ¡Un beso!

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